lunes, 8 de noviembre de 2010

Mnemósine.

Una canción, última en plaza Libertad, ésa fué triste.
Otra mejor: la casa de Roberto Arlt, un sábado de sol, ésa fué alegre.
Escuchar canciones, con letras lindas, que parece que las hubiera hecho uno.
Otoños. Muchos otoños y hojas secas sobre las que podía caminar y saltar.
Lloviznas. caminar haciendo ruido con las zapatillas empapadas.
Mañanitas de sol, en barrancas, con perfume a jazmín y a tierra mojada.
Una vez bailamos por la calle, en san telmo o El Escondite; por ahí donde están unas estatuas en una plaza.
Un árbol del botánico y una estrella, la primera siempre, regalados para toda la vida.
La terraza de un edificio, mucho viento desprolijo y un atardecer dibujado.
El avión que me escribió en el cielo, aunque fuera mentira.
Un cumpleaños feliz, los 11.
Un vestido y un collar, nuevos para una fiesta.
La tarde(¿o fueron muchas?) de scrabble con palabras inventadas.
Las fotos, detener momentos luminosos en la cámara.
Los susurros a la noche, apenas se apagaban las luces, y las carcajadas que seguían sin saber por qué.
El insomnio entre glicinas, en verano.
Las cartitas y frases en papeles de caramelos, llenas de amor y palabras regaladas.
Sonrisas a oscuras cuando casi nos acariciábamos.



Inventé otro continente para poder encontrarte. Ahí seguimos siendo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Silabaria.

Es una habitaciòn muy acogedora, llena de tonos pastel, bañada del sol de las cuatro de la tarde, llena de chucherìas para entretenerse mientras espera.
Ella no quiere esperar. Silabaria no quiere estar en esa habitaciòn nunca màs y aùn asi sabe que està condenada eternamente a transitarla, como si fuera parte de la habitaciòn, como los cuadros de la pared.
No le gusta estar ahí, no puede gustarle... estar ahí esperando nada hace que se le achique el corazòn, con esos colores que màs que calmarla y apaciguarla logran llenarla de una sensaciòn de desgaste, vejez, muerte, de espera.
Quiere estar afuera, sentir el viento, el sol... ser libre de esa habitación, ser libre del peso de la espera sobre sus hombros, ser libre de ella misma sintiéndose-permitiéndose ser- un objeto más de esa habitación.
Quiere salir, quiere tardar horas maquillándose para nada, quiere inventarse compromisos, quiere ponerse pulseras y aros, polleras, pantalones de colores y medias rayadas, quiere respirar adivinando el perfume de cada dìa nuevo. Quiere sumergirse entre la gente, sin verlos ni sentirlos. Quiere ir por la calle sonriendo sin motivos, simplemente porque puede. Quiere sentarse en una plaza y dejar pasar el tiempo.
No quiere volver a la habitación, pero vuelve... para sonreírle a ella, vuelve para esperarla y acompañarla, porque cuando termine su espera, todo vuelve a ser feliz y lleno de luz y caluroso, vuelven los colores y las palabras. Ella-su razón de ser- vuelve.
Hasta que ya no vuelve más.

Y ahora Silabaria espera de nuevo. Ahora espera por el reencuentro final, y mientras tanto, y cada vez hasta ese momento, más que nunca... se siente libre. Ya no espera y se aburre, porque tiene muchas cosas por hacer mientras espera... espera y vive. Porque ahora ya no es ella quien espera, ahora se hace esperar.
Y mientras, cumple con su herencia... se pasea por la vida coloreando almas, grita, respira, juega, se ríe, ama, llora.
Y le cuenta los secretos de su mundo a las estrellas, a su cielo. Le escribe canciones, poemas, cuentos a su luna, y ella le regala su luz de sueños, como antes, como siempre. Le canta al sol, a su sol, todas esas letras que le enseñó y le compartió hace tiempo. Porque les gusta ir por la vida desentonando con todo el mundo, afinada con ella para siempre.

domingo, 9 de mayo de 2010

Desnuda.


Estar desnuda frente a él era como tener un rayo de luna directamente sobre ella, naciendo de ella, llenando toda la habitación de ella. Estar así, desnuda, frente a él... era sentirse agua cristalina, rocío al rayo del sol, arcoiris. Estar desnuda frente a él, y que él la recorriera con la mano extendida, tensa y calma a la vez, buscando sentirla con cada centimetro de piel, era sentirse un bosquejo, desdibujada, una hoja en blanco, lejos de todo e inmersa en él. Sentir que él la creaba de nuevo, la reconocía, la pintaba en su memoria. Sentir que ella misma se pintaba en su memoria, nueva cada vez, y a la vez más hermosa que nunca. Estar desnuda frente a él era admitir su conquista, era entregarse en alma. Era dejar de pertenecerse, abrirle las puertas a sus juicios, a sus manos, a que descubriera como nunca nadie, ese resplandor que él tan solo adivinaba, adivinaba y deseaba, deseaba y sabía suyo. Estar desnuda frente a él era mostrarle que podía reunir el cielo y la tierra, el agua y el fuego. Que podría alcanzar las estrellas y mostrarle su luz, si tan sólo él se lo pidiera.